julio 20, 2024

EMPREFINANZAS

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Trump = López Obrador. Y viceversa

Víctor Hugo Becerra

Ambos son auténticos analfabetas democráticos y económicos, que desconocen y desprecian las normas, los valores y las instituciones de una democracia liberal y de una economía de mercado.

En lo personal, Donald Trump no me genera ninguna admiración, porque lo veo como otro López Obrador del montón. Y viceversa.

En tal sentido, me parece que votar por o vitorear a Trump para que, supuestamente, detenga la creciente ola de antiliberalismo de izquierda es confundir las cosas. Trump es, parafraseando a von Mises, una alternativa al socialismo igual que el cianuro es una alternativa al agua. De allí su enorme parecido con López Obrador, como buenos políticos populistas ambos.

Tal vez sus políticas pueden ser distintas en algunos aspectos, menores. Pero hay inquietantes parecidos entre ellas, en lo sustancial, además de la analogía entre sus propias personalidades, aspecto sobre el cual se ha insistido desde la campaña de ambos, pero que han adquirido mayor similitud ya con ambos en el gobierno.

Uno y otro, Trump y López Obrador, son gobernantes que regañan y denigran todos los días a los medios, a sus críticos, desde el púlpito presidencial. Pero no solo insultan a los medios y a sus críticos, también a jueces, a políticos adversos, a científicos, académicos y técnicos, a empresarios, a los simples ciudadanos. Día tras día emiten una andanada de descalificaciones, las que podrían ser intercambiables: Uno u otro podría emitirlas exactamente igual, palabra por palabra.

Igualmente, lanzan carretadas de mentiras diarias, sin el mayor pudor, pero al mismo tiempo se vanaglorian de ser los presidentes más criticados de la historia. Quizá no se han puesto a pensar que, tal vez, solo tal vez, se les critica justamente por sus dosis diarias de mentiras, acusaciones infundadas, insultos y veneno.

Ambos son extraordinariamente polarizadores, porque son auténticos analfabetas democráticos y económicos, que desconocen y desprecian las normas, los valores y las instituciones de una democracia liberal y de una economía de mercado. 

Así, han decidido desmontar áreas enteras de gobierno, por mero odio iconoclasta, sin ningún examen serio, ni rendición de cuentas, ni racionalidad administrativa o financiera. Al mismo tiempo que gastan sin freno ni control, o dan adjudicaciones de contratos por simple favoritismo personal: Parecieran creer que ya le corresponderá a otros pagar y afrontar los estropicios que causan, no a ellos, que tienen permitido todo.

Del mismo modo, ambos son proteccionistas y han interferido en decisiones que sólo competen a las empresas privadas, desde su nivel de ganancias hasta sus procesos de fusiones corporativas, adjudicaciones de contratos o decisiones de negocio sobre instalación en otros países, simplemente para castigar a las empresas que no se pliegan a sus deseos, que se han atrevido a criticarlos o, tal vez, a las que simplemente desean extorsionar.

Durante su campaña electoral, usaron los fondos de las mismas para sus propósitos personales. Ahora, ya en el poder, han protegido a funcionarios cercanos de señalamientos de corrupción, atacando más bien a quienes los señalan. Al mismo tiempo, han colocado a sus familiares más cercanos en importantes tareas políticas y de gobierno, por simple nepotismo, sin ningún merecimiento que los respalde.

Han abusado de sus poderes ejecutivos para concentrar y redirigir fondos públicos a sus proyectos políticos favoritos: El Muro en la frontera con México en el caso de Trump, y la Refinería de Dos Bocas, el Aeropuerto de Santa Lucía y el Tren Maya en el caso de López Obrador. En ambos casos, son proyectos meramente políticos, que han pasado por alto toda objeción técnica, científica o financiera.

En su comportamiento público, ambos se solazan rodeándose de mármoles, metales dorados, terciopelos y cristales finos: Gozan de la ostentación, uno de su gran fortuna, el otro de su supuesta pobreza, que le sirve de contraste para mostrar qué tan alto ha llegado, hasta poseer un palacio.

Han sido irresponsables con los más débiles y desprotegidos: Trump con los migrantes y sus niños menores de edad (a muchísimos de los cuales ha sido imposible, aún hoy, reunir con sus familias), López Obrador con los niños enfermos de cáncer y las mujeres víctimas de abusos y crímenes. Así, ambos han mostrado que están irremediablemente inclinados a la crueldad: Tal vez porque el poder ilimitado en manos de personas limitadas siempre conduce a la crueldad, como ya nos había advertido Aleksandr Solzhenitsyn.

Y, finalmente, ambos están cobijados por hordas de fanáticos que usan los medios a su alcance y las redes sociales para intimidar y agredir verbalmente a sus críticos, a la menor provocación, y por voceros sin dignidad, vergüenza o integridad intelectual o política, siempre dispuestos a complacer, respaldar y aplaudir al Líder Supremo en su Santa Causa.

Dichas hordas tienen, al final de cuentas, los amos que desean tener: Trump y López Obrador, ignorantes y oportunistas respaldados por el pensamiento infantil de millones de tontos útiles. Al respecto, no deja de ser llamativo cómo los seguidores de uno y otro se asemejan tanto, empezando por su propia autodefinición de víctimas del establishment. Son paternalistas e infantiles. Confunden el abuso con lo políticamente incorrecto y la patanería y la incivilidad con la valentía o la indignación.

Así, no es difícil saber porque a pesar de cuatro años en el poder, Trump y sus seguidores no han derrotado a la izquierda iliberal, antes al contrario: Decididos a apagar el incendio con gasolina, no tienen más que insultos y adjetivos que avivan las llamas, pero poca acción, pragmatismo y compromiso con la libertad para detenerlas o apagarlas. En una de esas, el incendio arrasará con ellos y con todos nosotros.

Por ende, la derrota de uno y otro debiera ser del máximo interés de cualquier liberal/libertario preocupado por la salud y el futuro de la libertad.

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