julio 16, 2024

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El punto sobre la i

Arturo Damm

Cualquier conducta humana puede ser objeto de una ley. Por ejemplo: Ley para el buen cepillado de los dientes o Ley para la correcta colocación de los anteojos. Si la tarea de los legisladores es hacer leyes, les sobra tela de donde cortar. ¡Preocupante!

Arturo Damm Arnal

Una las principales amenazas que enfrentan hoy la libertad individual y la propiedad privada, sobre todo en los países de tradición democrática y republicana, con Estado de Derecho, herederos de las ideas de Montesquieu a favor de la división de poderes, es el Poder Legislativo, cuya tarea esencial, aquella a la cual no puede renunciar sin dejar de ser dicho poder, es hacer leyes, con la intención de conseguir determinadas conductas de los ciudadanos, intención que, ¡afortunadamente!, no siempre se logra.

No basta con la promulgación de una ley para que los ciudadanos la obedezcan. Entre su promulgación y su obediencia está la decisión de cada ciudadano de respetarla. La primera condición que debe cumplir una ley para que los ciudadanos decidan cumplirla es que sea justa, es decir, que reconozca plenamente, defina puntualmente y garantice jurídicamente los derechos de las personas. Las leyes justas obligan éticamente al cumplimiento. Las injustas al incumplimiento.

Afortunadamente no basta con la promulgación de una ley para que se cumpla. Si así fuera, los legisladores serían capaces de darle forma, como lo consideraran adecuado, a la conducta humana, y por lo tanto a la convivencia, y cada ciudadano sería un títere en manos de tal titiritero. Seríamos, en el sentido orteguiano del término, hombres masas, no por multitudinarios, sino por inertes, formados por los legisladores. Habría dos tipos de seres humanos: los formadores y los formados.

El que los legisladores no sean omnipotentes no quiere decir que no sean fructíferos, que no se dediquen a hacer leyes que, de una u otra manera, en mayor o menor medida, limitan el ejercicio de la libertad individual y el uso de la propiedad privada, limitaciones que se justifican en un solo caso: cuando dichos ejercicio y uso violan derechos. Respetando los derechos de los demás, cualquier persona tiene el derecho de hacer lo que le dé la gana, razón por la cual, comenzando por el gobierno, los demás tienen la obligación de respetarla. ¿Quiénes son de los primeros en caer en la tentación de no hacerlo? Los legisladores, ese grupo de personas cuya tarea es hacer leyes, razón por la cual, para que no se diga que no desquitan el sueldo, que sale coactivamente de los bolsillos de los contribuyentes, se dan a la tarea de hacerlas, sobrándoles tela para cortar.

¿La causa? La ya señalada: cualquier conducta humana puede ser objeto de una ley, desde el cepillado de dientes hasta el colocado de anteojos; desde la redacción de un artículo hasta la lectura del mismo; desde la manera de acomodar un cajón hasta la forma de  subirse a un coche; desde la forma de abrazar a alguien hasta la manera de preparar café. Desde nuestra perspectiva cada uno de estos ejemplos, como objeto de una ley, resulta ridículo y estamos convencidos de que no se promulgará, ni la Ley para el Correcto Cepillado de los Dientes, ni la Ley para la Adecuada Preparación del Café, ni ninguna de las otras posibles. Pero el que creamos que no se van a promulgar no quiere decir que cualquier conducta humana no pueda ser objeto de una ley.

¿Cuántas conductas humanas, que hace cien, doscientos o trescientos años, no eran objeto de una ley, hoy lo son? ¿Y cuántas que hoy no lo son lo serán dentro de cien, doscientos o trescientos años, si no se les pone un límite a los legisladores, límite que debe ser el respeto a los derechos de los demás? Insisto: respetando los derechos de los demás, que cada quien haga lo que quiera y como quiera, desde cepillarse los dientes hasta prepararse un café.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.