abril 21, 2024

EMPREFINANZAS

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Conspiraciones y la naturaleza del poder

Krishna Avendaño

La gente prefiere obedecer cuando el costo de tomar decisiones es muy elevado. No sorprende que la naturaleza humana reclame la existencia del Poder.

No es posible indagar en la naturaleza del Poder sin antes preguntarse sobre el origen de la obediencia. Cuando se analiza el fenómeno de cerca, la cuestión que emerge no es tanto por qué existen y se articulan diversas formas de sometimiento sino por qué, como seres humanos, las buscamos. Resulta evidente, axiomático incluso, que en la naturaleza del hombre conviven el anhelo de la libertad y la necesidad del orden.

Bertrand de Jouvenel dedica el primer capítulo de su obra magna (Sobre el poder, 1943) a desentrañar la cuestión. ¿Obedecemos por costumbre o es que acatar órdenes es algo que nos viene de la sangre? Una vez que se establece la sociedad y participamos de ella, emergen otro par de preguntas: ¿cuánto es lo que estamos dispuestos a transigir?, ¿dónde se traza la línea y se determina que lo justo deviene tiránico? Más en concreto, ¿cuándo pierde legitimidad el Poder y la desobediencia se vuelve no ya una opción sino un imperativo moral?

A primera vista ninguna de estas preguntas tiene una respuesta definitiva. De ahí que los grados de tolerancia ante la dominación estén en función del individuo. Solo entonces podremos decir que se llega a un punto en la historia en que hay una masa crítica que exige la subversión a la forma específica del poder.

Contra los clichés del romanticismo rebelde, lo que sucede, en rigor, no es un desmantelamiento completo de la estructura de dominación como un cambio de aspecto. Bien dice de Jouvenel que «[l]a sucesión de gobiernos de una misma sociedad a lo largo de siglos puede considerarse como un solo gobierno que subsiste siempre y que se enriquece constantemente» (p. 40).

Sirvan estas palabras de prefacio a un tema menos sofisticado, más plañidero. Hoy día constato que los carteles en las paradas me acusan de ser un asesino de masas. Regreso a casa pensando que el gobierno de la ciudad realmente se ha esforzado en su más reciente campaña de publicidad. Cuando enciendo la computadora y me asomo a ese mundo ficticio del internet veo que hay un señor compartiendo las peores noticias imaginables y otro que, montado en su púlpito virtual, reparte admoniciones y se burla, llamando «conspiranoicos», a quienes miran con sospecha y cierto resquemor la obediencia ciega de las masas. 

Cuando la narrativa social no favorece a una de las partes, recurrir a la descalificación quizá no represente la mejor ni la más honesta herramienta retórica, pero por lo menos sirve de bálsamo para el ego lastimado. Más aún cuando las profecías trágicas no se cumplen y los modelos estadísticos que presagiaban la extinción masiva de la humanidad son un fiasco. Acusar de conspiranoico a quien mira con suspicacia, curiosidad intelectual o repugnancia la actitud de rebaño es un intento desesperado por conquistar eso que todos buscamos por medio del lenguaje: el estatus social, la aceptación.

Conspiración, más bien, es creer que un virus se ha manufacturado para esclavizar a los pueblos. O que en el momento en que se decretó el estado de la alerta, por motivo de una amenaza real y fortuita, las élites globales decidieron, ahora sí, poner en marcha el plan último de dominación. Las teorías de la conspiración requieren de una fe inmensa en la capacidad humana. Lo prudente, me parece, es ser escéptico.

No es conspiración reconocer la naturaleza creciente del Poder y el gusto humano por someterse a una voluntad mayor. Verán, el Minotauro siempre quiere crecer. Lo hará cuando tenga oportunidad. No requiere de planes sofisticados. Es un desarrollo orgánico, genérico, ciego incluso. Esta es la enseñanza que de Jouvenel le legó al mundo. El Minotauro vive en su laberinto esperando sacrificios. El Leviatán, por el contrario, se concebía como un tirano bondadoso. Nació en el momento en que la gente se dio cuenta de que no se soportaba a sí misma. Al Minotauro lo único que le interesa es alimentarse de las vírgenes que le ofrecen; no porque las desprecie o sea lujurioso, él solo quiere crecer. El Leviatán, en cambio, quiere controlarnos porque asume que lo que hace es bueno.

Aquí una de las citas más infames del reconocido filósofo Baruch Spinoza: «Estamos obligados a ejecutar absolutamente todo lo que ordene el soberano, incluso cuando sus órdenes sean las más absurdas del mundo» (Los fundamentos del Estado). Razona de este modo: el hombre solo es esclavo cuando actúa en interés del amo. El Estado, para Spinoza, Hobbes y pensadores de la misma calaña, ha emergido de la voluntad comunal. El soberano encarna este antiguo interés público. Por lo tanto, lo que manda el Poder no puede ser nunca contrario a la voluntad del individuo.

Pareciera una idea inverosímil y deleznable. Pero, históricamente, ha tenido un gran éxito. Y no solo porque los poderosos se coluden para oprimir al pueblo. En ocasiones las masas exigen este tipo de gobiernos. La autonomía y la responsabilidad individual son bellas ideas, pero costosas. Son muchos los que prefieren la vía fácil, que otros decidan y cuiden de ellos. El Poder, después de todo, conoce lo que es mejor para el pueblo, porque Él encarna la voluntad general.

Ya reconocimos que el Poder ambiciona crecer y refinarse a sí mismo. ¿Qué hay del otro lado de la ecuación? Los sacerdotes que preparan los sacrificios, los intelectuales que defienden la devoción por el Minotauro, los publicanos que reprenden a quien no piensa antes de someterse a la bestia. Hay una noticia amarga: la gente, en promedio, prefiere obedecer cuando el costo de tomar decisiones es muy elevado. No sorprende que la naturaleza humana reclame la existencia del Poder. El hombre y el Minotauro se necesitan el uno al otro. Respiran el mismo aire. No creo que reconocer esta realidad sea una conspiración. Como tampoco es una invitación a postrarse ante todas y cada una de las manifestaciones del Poder.

Pensemos en términos metafísicos un momento. ¿Estudiamos el Mal para adorarlo o lo entendemos precisamente para saber cómo no rendirnos a él? Un estudio honesto del Poder requiere de examinar no solo sus rostros más abyectos, sino reflexionar por qué hay tantas personas que se dejan seducir por ellos.

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