Socialismo, suena genial. Por eso la gente lo acepta… pero económicamente, no puede suceder.
Rick Harrison
Socialismo, ¿suena genial? Vamos por partes y comencemos por la pregunta ¿qué es el socialismo?
El socialismo, que no hay que confundir con el comunismo, es, en primer lugar, la creencia de que las necesidades insatisfechas de “los pobres” les dan derecho a una parte del producto del trabajo de “los ricos”, a una parte de su ingreso (que eso es el ingreso, el producto del trabajo), y que el gobierno tiene la obligación, por medio de la redistribución del ingreso, es decir, del producto del trabajo, de hacer valer ese derecho. Esta creencia, se le llame o no socialismo, está generalizada, al grado de que gobernar se ha vuelto sinónimo de redistribuir. Basta revisar los presupuestos de egresos de los gobiernos para comprobarlo: buena parte de los mismos es gasto social, redistribución del ingreso, redistribución del producto del trabajo, quitarle a unos para darle a otros.
En segundo lugar el socialismo es, partiendo de la creencia mencionada, las medidas de redistribución del ingreso que lleva a cabo el gobierno, quitándole a Pedro lo que, por ser producto de su trabajo, es de Pedro, para darle a Juan lo que, por no ser producto de su trabajado, no es de Juan, obligando a Pedro, “el rico”, a ayudar a Juan, “el pobre”, ayuda que debe ser voluntaria, no obligatoria. Dado que en el socialismo es obligatoria el socialismo es una forma de esclavitud.
Obviamente que a Juan el socialismo le sonará genial. ¿Y a Pedro?
Teniendo la respuesta a la pregunta ¿qué es el socialismo?, veamos lo que el socialismo no es, y no lo es porque no puede serlo. No se trata, como sucede en cualquier asunto que involucre recursos escasos, como es el caso de la satisfacción de las necesidades, de lo que se quiere sino de lo que se puede. Se llama restricción presupuestaria y genera costos de oportunidad.
El socialismo no es el gobierno satisfaciendo las necesidades de todas las personas, en primer lugar porque los recursos que el gobierno destina a tal fin provienen del bolsillo de los contribuyentes y, en segundo lugar, porque el gobierno no satisface las necesidades de todas las personas, solo las de aquellas incapaces de, gracias a su trabajo, generar un ingreso suficiente que les permita satisfacer correctamente sus necesidades.
Si el gobierno, con recursos propios, no provenientes de los bolsillos de los contribuyentes, satisficiera las necesidades de todas las personas, no solo de algunas, entonces el socialismo sería genial. El hecho es que no es así porque no puede ser así. Estas son las razones: (i) el gobierno no puede darle todo a todos, razón por la cual solo es capaz de darle algo a algunos; (ii) ese algo, que a algunos les da, previamente se lo tuvo que quitar a alguien más, todo ello con un agravante: como el gobierno cobra por quitar (por cobrar impuestos), y por dar (por distribuir el gasto social), nunca regresa la misma cantidad que quitó.
El socialismo es la creencia de que las necesidades insatisfechas de alguien le dan derecho a una parte del ingreso de alguien más, y que el gobierno tiene la obligación de hacer valer ese derecho por medio de la redistribución del ingreso. Las necesidades insatisfechas, ¿dan derecho a una parte del producto del trabajo de los demás? Si las personas tienen el derecho al producto íntegro de su trabajo, la respuesta es un rotundo no. Las personas, ¿tienen el derecho al producto íntegro de su trabajo? La respuesta es un rotundo sí. Entonces el socialismo es injusto, porque viola ese derecho, razón más que suficiente para rechazarlo, rechazo que no es la regla sino la excepción. Hoy gobernar es sinónimo de redistribuir.
Por ello, pongamos el punto sobre la i.

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