La prueba de la democracia no es si el pueblo vota, sino si el pueblo gobierna.
Gilbert K. Chesterton
La primera pregunta que debemos hacer no es ¿quién debe gobernar?, sino ¿qué debe gobernar?, porque lo propio del ser humano es ser gobernado por leyes, no por hombres, por más que sean los hombres quienes hagan las leyes, quienes hagan que se cumplan, quienes castiguen a quienes las violen.
Hay una gran diferencia entre ser gobernado por hombres y ser gobernado por leyes, cuya ventaja es que dan seguridad, y una de las más importantes, la jurídica.
Donde hay leyes, y se cumplen, los ciudadanos saben a qué atenerse. Si esas leyes son injustas (violan derechos) y/o ineficaces (la gente no las cumple), habrá que cambiarlas. Pero justas o injustas, eficaces o ineficaces, las leyes dan seguridad.
Donde hay leyes, y no se cumplen, los ciudadanos no saben a qué atenerse, porque no gobiernan las leyes sino quienes detentan el poder político, que es el poder para obligar, prohibir y castigar, que siempre se ejerce para limitar la libertad individual y la propiedad privada, que solamente deben limitarse cuando el ejercicio de la libertad y el uso de la propiedad violan derechos. En tales casos hay que lograr que el gobernante gobierne conforme a la ley, para que sea la ley, no él, la que gobierne.
Donde no hay leyes los ciudadanos no saben a qué atenerse porque gobierna el gobernante, pudiendo gobernar conforme a sus caprichos, aplicando arbitrariamente el poder para obligar, prohibir y castigar, violando el derecho de los ciudadanos a la libertad individual y a la propiedad privada. Puede tratarse de un gobernante ilustrado quien, sin necesidad de leyes, respete los derechos de los ciudadanos, tratándose de un buen gobernante. Puede ser el caso, pero puede no serlo, lo cual nos lleva a concluir que lo propio del ser humano es estar gobernado por leyes, no por hombres, gobernado directamente por las leyes, e indirectamente por los hombres que las hacen.
Hacer leyes, ¿en función de qué? ¿De la voluntad del pueblo? Sí, si el fin de la democracia es, como lo creía Chesterton, que el pueblo gobierne, no que solamente vote. Sí, si ese gobierno debe ejercerse, ¿también lo creería Chesterton?, no de manera directa, sino indirecta por medio de leyes, en cuya elaboración debe participar el pueblo, participación que puede ser de dos tipos: directa, cada ciudadano participa por sí mismo, sin necesidad de un representante en el poder legislativo; indirecta, los ciudadanos participan por medio de sus representes en las cámaras legislativas, elegidos por los ciudadanos.
Al margen del tipo de participación que pueda tener el pueblo (cualquier cosa que el pueblo sea), no solo en la elección de gobernantes, sino en la tarea de gobernar, ¿debe gobernar el pueblo, en abstracto, y la mayoría que gane la votación, en concreto?
Todos, muchos, pocos o uno solo, ninguna persona debe gobernar, por más bonito que suenen afirmaciones como “En la democracia gobierna el pueblo”. No debe gobernar un quién (todos, muchos, pocos, uno solo), sino un qué, la ley, que debe ser justa (reconocer plenamente, definir puntualmente y garantizar jurídicamente los derechos de las personas), y eficaz (que genere en los ciudadanos la obligación ética de cumplirla, para lo cual el primer requisito que debe cumplirse es que sea justa).
Dicho todo lo anterior resta responder la siguiente pregunta: ¿en qué debe consistir el gobernar a las personas? En cuatro tareas: prohibir violar los derechos de los demás; prevenir dicha violación; castigar a quien los viole; obligar al violador a resarcir a su víctima. Los gobiernos, cuyos poderes son el poder para obligar, prohibir y castigar, solo deben usarlos para, va de nuevo, prohibir violar los derechos de los demás; prevenir dicha violación; castigar a quien los viole; obligar al violador a resarcir a su víctima. El problema es que hoy gobernar implica mucho más que estas cuatro tareas, siempre atentando contra la libertad individual y la propiedad privada.
Por ello, pongamos el punto sobre la i.

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