Después de declarar que todos los hombres son capaces de gobernar al país, los declaramos incapaces de gobernarse a sí mismos.
Federico Bastiat
Habiendo dicho que cualquier ciudadano es capaz de gobernar a los demás (sufragio universal), decimos que necesitamos gobernantes porque no somos capaces de gobernarnos a nosotros mismos. Entonces cómo, de un grupo de gente incapaz de gobernarse a sí misma, razón por la cual se requiere de gobernantes, saldrán los gobernantes. Si son incapaces de gobernarse a sí mismos, ¿serán capaces de gobernar los demás? Si alguien no es capaz de gobernarse a sí mismo, razón por la cual necesita que alguien lo gobierne, ¿será capaz, si resulta electo gobernante, de gobernar a los demás? El hecho de haber sido electo, ¿le confiere poderes especiales que le permiten superar la incapacidad para gobernarse a sí mismo y así poder gobernar a los demás? Contradicciones de la democracia que, son al final de cuentas, contradicciones del gobierno.
Lo inexplicable de la democracia es la actitud confiada con la que la gente acude a las urnas a elegir a quien creen debe gobernarlos, es decir, a elegir a quien, lo primero que va a hacer, es exigirles parte del producto de su trabajo (cobrarle impuestos), razón más que suficiente para desconfiar de tal personaje. Allí hay alguien con el poder suficiente para obligarnos a entregarle parte del producto de nuestro trabajo y para, si no lo hacemos, castigarnos, obligación y castigo que encontramos en cualquier gobierno: de izquierda, centro, derecha; autocrático, democrático, totalitario, absolutista; republicano, monárquico, teocrático.
Lo inexplicable de la democracia es la creencia, muy generalizada, de que lo que importa para que un gobierno sea un bueno (¿qué es un buen gobierno?), es el sufragio efectivo y no los límites, previamente establecidos, a los tres poderes de los gobernantes: para obligar, para prohibir, para castigar, poderes que siempre se usan en contra de la libertad individual y de la propiedad privada (comenzando por obligar a pagar impuestos y por castigar a quien no los pague). Y no, el buen gobierno no depende de cómo hayan llegado los políticos al poder sino de los límites que las leyes les imponen a los gobernantes; de la decisión de los gobernantes para respetar esos límites; de los medios institucionales a disposición de los ciudadanos para obligar a los gobernantes a respetar esos límites. Y lo más importante, y tal vez lo más difícil, definir correctamente esos límites, para lo cual hay que responder correctamente la pregunta ¿qué debe hacer el gobierno? ¿A qué debe obligar a los ciudadanos? ¿Qué debe prohibirles? ¿Por qué debe castigarlos? La pregunta ¿qué debe hacer el gobierno? nos lleva a esta otra: ¿hay una manera objetiva, y por lo tanto inobjetable, de responderla? Y estamos preguntando, no qué puede hacer el gobierno, sino qué debe hacer.
Lo señalado por Bastiat es una de las muchas contradicciones relacionadas con la democracia, contradicción que desaparece si aceptamos que no todos los ciudadanos tienen el derecho a ser electos y, complemento lógico, que no todos los ciudadanos tienen el derecho a elegir, afirmaciones antidemocráticas que plantean estas preguntas: ¿cómo distinguir a quienes sí tienen derecho a ser electos (por ejemplo: sí están capacitados para ocupar el puesto al que aspiran) y a quienes sí tienen derecho a elegir (por ejemplo: sí saben quiénes están capacitados para ocupar el puesto? No hay que olvidar lo que decía Mencken: “La democracia es la patética creencia en la sabiduría colectiva basada en la ignorancia individual”.
Por ello, pongamos el punto sobre la i.

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