Hay que entender que el empresario es un benefactor social que nos da mientras que el político es un expropiador social que vive quitándonos a todos nosotros.
Diego Giacomini
Afirmar que el empresario es un benefactor social, alguien que le hace el bien a los demás, pudiera considerarse, dada la equivocada comprensión sobre el tema del empresario, la empresarialidad y la empresa, una falsedad. Igualmente, afirmar que el político es un expropiador social, alguien que perjudica a los demás, pudiera considerarse, dada la falsa comprensión sobre el tema del gobernante, la gobernanza y el gobierno, otra mentira.
¿Cuánta gente no piensa exactamente lo contario? Que el empresario es un expropiador social y que el político, por el contrario, es un benefactor social. ¿Cuánta gente no piensa, pese a la evidencia en contra, que la esencia de la actividad empresarial es perjudicar a los demás, y que sin ese perjuicio el empresario no sobrevive, mientras que la esencia de la actividad gubernativa es beneficiar a los demás, y que sin ese beneficio el ciudadano no subsiste?
Para entender la diferencia entre el empresario y el gobernante preguntémonos de qué manera genera cada uno su ingreso. ¿Cómo genera su ingreso el empresario? ¿Y el gobernante? El primero convenciendo al consumidor. El segundo obligando al contribuyente. El primero respetando la libertad, y por lo tanto la propiedad, de su contraparte, que es el consumidor. No hay empresario sin consumidores. No hay empresa sin ventas. El segundo violando la propiedad, y por lo tanto la libertad, de su contraparte, el contribuyente. No hay gobernante sin contribuyente. No hay gobierno sin impuestos.
Si el empresario quiere generar ingresos debe convencer al consumidor para que le compre el bien o servicio que le ofrece, para lo cual ese bien o servicio debe beneficiarlo de alguna manera. El hecho de que el consumidor esté dispuesto a pagar un precio por lo que el empresario le ofrece es la muestra más clara de que el empresario, ofreciéndole ese bien o servicio, lo beneficia. Dos consideraciones: nadie paga por algo que no lo beneficia; el que alguien beneficie a alguien más no quiere decir, ¡de ninguna manera!, que el beneficio tenga que ser gratuito (el médico tiene todo el derecho a sus honorarios por curar y salvar vidas, y nadie espera que ese beneficio, ¡curar y salvar vidas!, sea gratuito).
Por el contrario, si el gobernante quiere generar ingresos debe obligar al contribuyente a entregarle parte de sus ingresos, que son el producto de su trabajo. En esto consiste cobrar impuestos: obligar al contribuyente a entregar parte del producto de su trabajo, y si no lo hace castigarlo, castigo que va, desde un recargo, pasando por la confiscación de bienes, hasta el encarcelamiento.
Frente al empresario el consumidor tiene libertad. Frente al gobierno el contribuyente no la tiene. El consumidor decide si paga a cambio de bienes y servicios. Al contribuyente lo obligan a pagar. ¿A cambio de qué? De lo que cualquier gobierno honesto (¿utopía?) y eficaz (¿más utopía?) debe proveer: seguridad frente a la delincuencia y, de fallar, impartición de justicia. El problema surge cuando el gobierno falla en esas, sus dos tareas esenciales, sin las cuales deja de ser gobierno, perdiendo la justificación ética para el cobro de impuestos, para obligar a los contribuyentes a entregarle parte del producto de su trabajo. Si el gobierno no cumple el contribuyente debe seguir cumpliendo. En cambio, si el empresario falla, el consumidor no sigue cumpliendo. ¡Gran diferencia!
Por eso, pongamos el punto sobre la i.

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