
Ciudad de México., 12 de junio de 2026
Una de las imágenes más icónicas de Mazatlán
Desde hace décadas, una actividad se repite en la costa de Mazatlán y se ha consolidado como parte de la identidad del puerto. La escena dura apenas unos segundos. Un hombre se coloca sobre una roca a gran altura, observa el mar, estudia las olas y espera. La atención se concentra en él mientras la expectativa crece. Cuando encuentra el momento preciso, se lanza al agua. Detrás de esa imagen existe una historia profundamente ligada a la ciudad.
Mucho antes de convertirse en una de las imágenes más reconocibles del puerto, los clavados en Paseo Claussen comenzaron como una práctica entre jóvenes mazatlecos. Los relatos locales cuentan que todo inició alrededor de la década de 1960, cuando un joven decidió lanzarse desde las rocas para cumplir una apuesta. Lo que parecía un hecho aislado terminó dando origen a una costumbre que hoy forma parte de la memoria colectiva de Mazatlán.
Esta tradición tiene como escenario la Glorieta Sánchez Taboada, ubicada en Paseo Claussen, una de las zonas más emblemáticas del malecón. La glorieta, también conocida como la glorieta de El Clavadista, funciona como un palco frente al mar. Debajo y a un costado de ella emergen las rocas del Pacífico que los clavadistas han convertido en un espacio de encuentro, aprendizaje y preservación cultural.
Detrás de cada clavado existe un aprendizaje que se transmite de generación en generación a través de la observación, la confianza y la experiencia. No hay manuales ni escuelas especializadas. Los más jóvenes comienzan desde puntos bajos, y poco a poco, aprenden a interpretar el mar hasta adquirir las habilidades necesarias.

Más allá de la destreza física, los clavadistas desarrollan una relación estrecha con el entorno. Aprenden a leer las olas, reconocer las corrientes, comprender el comportamiento del mar y esperar el instante en que una ola eleve el nivel del agua hasta alcanzar la profundidad necesaria para el salto. Esa habilidad es indispensable porque, a diferencia de otros sitios de clavados, aquí no existe un acantilado vertical, sino grandes formaciones rocosas constantemente golpeadas por el oleaje, por lo que cada salto requiere identificar el momento exacto en que las condiciones resulten favorables para el clavado.
Dependiendo de la marea y del punto de salida, los saltos suelen realizarse desde aproximadamente 14 metros, aunque pueden acercarse a los 20 metros. Para ponerlo en perspectiva, 14 metros equivalen a un edificio de 4 o 5 pisos. Además, al caer, alcanzan velocidades cercanas a los 50 km/h. A ello se suman las rocas afiladas que rodean la zona de caída y el comportamiento impredecible del Pacífico, factores que convierten cada clavado en una demostración de experiencia, precisión y conocimiento del ambiente.
La relevancia cultural de esta actividad ha quedado plasmada también en proyectos audiovisuales. Uno de ellos es El Clavadista, realizado por Nextia: Plataforma Creativa, un documental que busca rendir homenaje a su tradición y preservar la historia a través de testimonios, relatos y anécdotas de integrantes del Grupo de Clavadistas de Mazatlán.
Detrás de cada salto no solo hay valentía y habilidad, sino también décadas de historia, experiencias compartidas y una estrecha relación con el mar, valores que han contribuido a convertir esta expresión cultural en parte del patrimonio de Mazatlán.
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Contacto de Prensa Laura Lanuza lauralanuza@eme-media.com Mariana Fernández mariana@eme-media.com

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