marzo 20, 2026

EMPREFINANZAS

ABRIENDO NUEVOS CAMINOS HACIA LA INFORMACION

Discursos de los premiados en la ceremonia de la XVI edición de los Premios Fronteras del Conocimiento

Ciudad de México, junio de 2024.

Carlos Torres, Rodolfo Dirzo, Gerardo Ceballos y Eloisa del Pino

Rodolfo Dirzo, galardonado en la categoría de Ecología y Biología de la Conservación

Para un biólogo que ama la naturaleza, es un verdadero privilegio cultivar la ciencia de la ecología desde la perspectiva del estudio de la biodiversidad y los grandes desafíos que el tesoro biológico del planeta afronta como consecuencia del impacto que imprime la actividad humana. Dicho privilegio, sin embargo, conlleva la responsabilidad ineludible de compartir los frutos del quehacer académico con el conjunto de la sociedad. 

Por este motivo, en nombre de mi colega el Dr. Gerardo Ceballos, y en el mío propio, quiero iniciar esta plática agradeciendo a la Fundación BBVA, y a los miembros de su jurado, el otorgarnos el reconocimiento Fronteras del Conocimiento en la categoría de Ecología y Biología de la Conservación. Dicho reconocimiento tiene un profundo significado para nosotros, pues cataliza nuestro llamado a la urgencia de reconocer el impacto antropogénico sobre la biodiversidad como un cambio ambiental global de importancia no menor a la que se le otorga, por ejemplo, al cambio climático. Asimismo, agradecemos a nuestras amadas familias por el apoyo invaluable que nutre y sostiene nuestra labor.

Nuestro trabajo se inspira, en primera instancia, en la apreciación del profundo significado de la riqueza biológica que existe en nuestro planeta. Hoy reconocemos que el origen de la vida se remonta a un tiempo inimaginable de 4 mil millones de años. Resulta llamativo, fascinante, que en aproximadamente el 85 por ciento de ese periodo, las manifestaciones de la vida se mantuvieron bajo un letargo evolutivo caracterizado por la presencia de bacterias y otros organismos «simples», y no es sino hasta hace «apenas» 542 millones de años que se desencadena una verdadera explosión de biodiversidad, que toma una trayectoria de diversificación implacable de formas de vida cada vez más complejas, a pesar de la irrupción de cinco grandes pulsos de extinción masiva. 

La última de estas catástrofes biológicas tuvo lugar hace 66 millones de años, engendrada por la colisión de un meteorito con lo que hoy es la península de Yucatán, en México. Esa extinción es de gran resonancia desde la perspectiva humana. Por una parte, llevó al ocaso del reinado de los dinosaurios, abriendo así el espacio ecológico para el florecimiento evolutivo de los mamíferos, con un linaje de primates que incluye a la recientemente aparecida especie Homo sapiens. Por otra, la implacable biorrecuperación que surgió después de esta extinción representa el pináculo de diversificación biológica del planeta desde la aparición de la vida en la Tierra. Es decir, aparecemos en el teatro ecológico-evolutivo en el momento en que tenemos el máximo número de acompañantes que han existido en la historia planetaria. 

Es en este escenario de extinción y diversificación biológica insólita donde se ubica el quehacer científico del Dr. Ceballos y mío. Así, nos hemos esforzado en documentar cómo la acción humana representa una fuerza de reversión de la trayectoria de diversificación de la biosfera, a través de convertirnos en el motor de lo que se va perfilando como una nueva extinción masiva, la sexta en los últimos 542 millones de años de evolución biológica planetaria. El Dr. Ceballos se ha convertido en la voz sobresaliente del estudio de la extinción, principalmente de los vertebrados; yo me he inclinado hacia el entendimiento de la cascada de consecuencias ecológicas y para el bienestar humano que surgen de un proceso que hemos llamado «defaunación». Ambos, con la contribución intelectual de colegas, estudiantes y comunidades locales, nos hemos dejado llevar por el encanto y amor por el trabajo de campo, para generar la evidencia científica que ilustra que el meollo de la sexta extinción radica no solamente en la extinción de especies, sino en la extinción de sus poblaciones, cuyo implacable ritmo representa el preludio de la desaparición global de las especies. Por ejemplo, hemos documentado que, de una muestra representativa de especies de mamíferos, cerca del 50 por ciento de ellas ha visto reducido su ámbito de distribución geográfica en al menos un 80 por ciento entre 1990 y 2015. Aun con tal grado de contracción de su espacio físico, esas especies no entran en nuestros catálogos de especies en peligro de extinción, pero vívidamente reflejan un pulso antropogénico de extinción poblacional masivo. Así, hemos querido comunicar que, por definición, no estaríamos hablando de una crisis de extinción biológica si cada especie tuviese una población existente. No obstante, es muy poco probable que el Homo sapiens pudiese sobrevivir en esas circunstancias. 

El reconocimiento de la Fundación BBVA nos impulsa en nuestra labor de ayudar a difundir el compromiso ético de conservar todo lo posible el tesoro biológico planetario que nos acompaña, del que dependemos y del que formamos parte indisoluble. El reconocimiento también nos ayuda a difundir la comprensión de que, ya que el planeta es capaz de recuperar y engendrar inusitados niveles y fascinantes elencos de biodiversidad aún bajo el impacto de episodios de extinción masiva, el verdadero problema existencial recae en nuestra especie. Así, con nuestra labor aspiramos a realizar una contribución con el fin de impedir que se niegue el futuro a nuestros descendientes.

Ulrich Hartl, galardonado en la categoría de Biología y Biomedicina

Recibir el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento es un increíble honor. Estoy muy agradecido al jurado por haber elegido nuestro trabajo para otorgarle este reconocimiento tan importante, que me complace compartir con mi colaborador de hace tanto tiempo Art Horwich y con nuestros colegas Kazu Mori y Peter Walter. Para mí, este premio supone ante todo un reconocimiento a los muchos estudiantes universitarios y de posdoctorado llenos de talento con los que he tenido el privilegio de trabajar a lo largo de los años. De la máxima importancia han sido las valiosas contribuciones de Manajit Hayer-Hartl, mi esposa y mi colaboradora más cercana.

Las proteínas son las moléculas presentes en nuestras células que controlan prácticamente todos sus procesos vitales. Cada célula contiene miles de proteínas diferentes. Codificadas por nuestros genes, las producen en largas cadenas de aminoácidos, como un collar de perlas, unas máquinas especializadas llamadas ribosomas. Pero para cumplir sus diversas funciones biológicas, las cadenas de proteínas recién formadas han de plegarse formando una estructura tridimensional definida, un origami a escala nanométrica. El funcionamiento de este proceso es uno de los problemas más fascinantes de la biología. Fue mi mentor, el difunto Walter Neupert, quien me presentó a Art Horwich, con quien tuve la suerte de hacer un descubrimiento apasionante: descubrimos que, para plegarse, las proteínas necesitan la ayuda de las denominadas chaperonas moleculares, también ellas proteínas; este resultado se publicó en dos artículos de Nature de 1989. Fue un hallazgo inesperado, ya que contradecía el dogma imperante de que el plegamiento de las proteínas es un proceso espontáneo, independiente de la maquinaria celular.

En 1991 me mudé de Múnich a Nueva York para incorporarme al nuevo departamento de James Rothman en el Sloan-Kettering Cancer Center. Allí seguí investigando cómo cooperan las distintas maquinarias de chaperonas en la vía de plegamiento de las proteínas. Al mismo tiempo, Art Horwich, de la Universidad de Yale, se dedicaba al análisis estructural y funcional de la chaperonina GroEL en colaboración con Paul Sigler. Los mecanismos básicos del plegamiento celular de proteínas que descubrimos son de una sencillez y belleza impresionantes. Horwich y yo demostramos que GroEL, un complejo proteico en forma de barril, encapsula la proteína recién fabricada. Otra proteína, denominada GroES, cierra el barril como una tapa. La proteína queda así aislada y se pliega protegida del resto del entorno celular. Como solo hay una cadena proteica dentro del barril, no puede agregarse a otras cadenas. Efectivamente, las chaperonas moleculares evitan que las proteínas se plieguen mal y se aglutinen en agregados que pueden ser tóxicos para las células. De ahí su analogía, en el terreno humano, con la carabina que escolta a su protegida para que no entable relaciones indeseadas: la chaperona quedó prodigiosamente retratada en la figura de la camarera mayor de Las meninas del maestro español Velázquez.

En los últimos veinticinco años, el campo de las chaperonas moleculares ha experimentado un desarrollo verdaderamente brillante que ha llevado a descubrir conexiones con casi todos los demás aspectos de la biología. La importancia de las chaperonas moleculares en medicina ha quedado patente, sobre todo, para entender enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer y el párkinson, asociadas a la formación de agregados proteicos. Muchos investigadores eminentes han contribuido a este campo, y me gustaría resaltar aquí el importante trabajo de Susan Lindquist, ya fallecida. La elucidación del plegamiento de las proteínas celulares y del control de calidad de las proteínas ha aportado información sobre nuevas vías de tratamiento. Ha quedado claro que las limitaciones de la función de las chaperonas con la edad están muy asociadas a numerosas enfermedades, e incluso al propio proceso de envejecimiento. Sin embargo, nada de esto podía preverse al principio; en realidad, solo intentábamos averiguar cómo se produce el plegamiento de proteínas.

La historia de la chaperona es un ejemplo de la importancia que tiene la investigación básica, impulsada por la pura curiosidad de saber, para descubrir hallazgos de gran trascendencia, y doy las gracias a las instituciones donde trabajé y trabajo, el Instituto Médico Howard Hughes y la Sociedad Max Planck, por el apoyo inquebrantable que me han prestado.

Permítanme expresar una vez más mi agradecimiento a mis profesores y colegas, y especialmente a mi esposa, Manajit, que siempre vuelve a ponerme los pies en el suelo cuando me alejo en el pensamiento, absorto en las chaperonas moleculares.

Peter Walter, galardonado en la categoría de Biología y Biomedicina

A principios del siglo XX, el matemático británico Godfrey Hardy definió la belleza científica como una forma de arte de la ciencia más avanzada que «estremece el cerebro con un subidón mental» y combina tres cualidades: trascendencia, generalidad e imprevisibilidad.

El Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Biología y Biomedicina de este año se hace eco a la perfección de todos los parámetros de Hardy. El descubrimiento de Ulrich Hartl y Art Horwich de que el plegamiento de proteínas en formas tridimensionales específicas suele contar con la ayuda de las chaperonas moleculares fue un hallazgo completamente imprevisible, porque lo que dominaba nuestro pensamiento en aquel momento era el dogma del premio nobel Christian Anfinsen, por el cual la forma de una proteína está totalmente especificada en su secuencia de aminoácidos y, por tanto, la proteína no necesita ninguna ayuda más para plegarse como es debido. Sin embargo, se demostró que el plegamiento de proteínas con la ayuda de chaperonas es un hecho general para miles de proteínas en todas las células vivas, y que su mal funcionamiento se asocia de forma significativa a numerosas enfermedades humanas.

Lo mismo puede decirse de los trabajos de Kazutoshi Mori y los nuestros sobre la respuesta de las proteínas desplegadas. Nadie esperaba que las proteínas, antes de adoptar su forma final, fueran reconocidas por la maquinaria molecular específica que descubrimos. Descubrimos sensores específicos de proteínas no plegadas que se ocupan de que se fabriquen suficientes chaperonas para ayudar a estas proteínas a plegarse adecuadamente. Pero la respuesta a las proteínas no plegadas también evalúa la gravedad de los desequilibrios y dicta la muerte de la célula para evitar daños al organismo cuando no puede mantenerse la calidad de las proteínas.

Al iniciar nuestra investigación sobre la respuesta de la proteína desplegada, nos veíamos recorriendo un camino predecible y recto. Pero el terreno cambió de repente, y nos internamos en un pantano donde los puntos que creíamos conocer y nos hacían sentir seguros ya no estaban unidos. Seguimos adelante pese a todo, y acabamos descifrando una de las vías de comunicación celular internas más insólitas. Por si fuera poco, las características más destacadas de lo que aprendimos de la levadura de cerveza, un simple hongo unicelular, eran válidas para las células humanas y se han revelado protagonistas en una plétora de enfermedades humanas devastadoras, como el cáncer, la diabetes y los trastornos neurodegenerativos. Por eso confiamos en que nuestros herméticos descubrimientos puedan traducirse en beneficios tangibles para la humanidad.

Sin embargo, la biología no es matemática, ni física, ni química. Como biólogos, no somos libres de imponer axiomas propios para insuflar belleza a nuestro trabajo. En nuestro trabajo, es la naturaleza quien dispone el campo de juego, y nuestra tarea es descifrar las reglas por las que se rige. La naturaleza despliega la desconcertante estrategia del paseo aleatorio, de la mutación y la selección, que lleva a la evolución del mundo que nos rodea. Y a continuación nos presenta los enigmas más fascinantes de descifrar: las máquinas intrínsecamente imprevisibles de Rube Goldberg que son las células vivas.

La cuestión es que ninguno de nuestros descubrimientos era previsible. Ninguno de nosotros viene hoy aquí por ser un genio matemático a la manera de Hardy ni un artista que parte de un lienzo vacío y controla la elegancia de su obra: somos exploradores del caótico azar de la evolución. El esfuerzo que he dedicado a descifrar algunos de los misterios que esconde la naturaleza ha sido un viaje fascinante y absorbente lleno de aventuras, estremecimientos en el cerebro y subidones mentales. Sí, el viaje exigía ser radical en el pensamiento y audaz en la experimentación; y no fue hasta el final cuando, de carambola, todo se combinó para dar lugar a una historia imprevisible y también, esperamos, trascendente.

Es un honor enorme para nosotros estar aquí. Agradecemos a la Fundación, al jurado y a los nominadores la concesión de este Premio. Lo más importante de todo es que en el trabajo que hoy se premia han colaborado muchos excelentes estudiantes de posgrado y posdoctorado a lo largo de los últimos treinta años. Tenemos una gran deuda de gratitud con ellos por su arrojo y confianza, que nos han acompañado en cada curva y desvío del camino hacia nuestros descubrimientos. Aceptamos este honor en nombre de los miembros de todos nuestros equipos pasados y presentes.

¡Un brindis por el conocimiento!

Gracias; eskerrik asko.

Takeo Kanade, galardonado en la categoría de Tecnologías de la Información y la Comunicación

Es para mí un gran honor recibir el prestigioso Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la categoría de Tecnologías de la Información y la Comunicación.

La visión artificial o por ordenador es el campo que permite dotar de las funciones que realizan los «ojos» a ordenadores y robots. He tenido ocasión de presenciar el tremendo avance que se ha producido en este campo y de participar en él desde sus inicios, en 1970, hasta las indispensables y omnipresentes tecnologías actuales.

Los humanos somos excelentes máquinas de visión. Los primeros enfoques de la visión por ordenador fueron heurísticos y ad hoc, y se basaban sobre todo en la reflexión introspectiva de los investigadores. Podríamos caracterizarlos como enfoques del tipo «programemos lo que creo que estoy haciendo». Pero, sin embargo, como los datos visuales son resultado de procesos ópticos, geométricos y físicos, consideré que debíamos centrarnos más bien en los modelos matemáticos y científicos subyacentes. Con este enfoque más riguroso, mis alumnos y yo logramos crear varios algoritmos fundacionales de la visión artificial. Uno de ellos es un algoritmo conocido como el flujo óptico de Lucas-Kanade, que en definitiva es la base de casi todo lo que abarca la codificación de vídeo, como el seguimiento del movimiento y la compresión de vídeo. Otro ejemplo está en el algoritmo de factorización de Tomasi-Kanade, que resultó ser uno de los primeros algoritmos de funcionamiento para el problema de reconstruir fielmente la estructura de una escena tridimensional a partir de un conjunto de imágenes, algo que durante mucho tiempo había sido un reto para los investigadores.

A lo largo de mi trayectoria, he disfrutado mucho creando soluciones para multitud de problemas prácticos. El rostro humano ha sido uno de mis temas favoritos. Mi tesis doctoral, realizada allá por 1973 en la Universidad de Kioto (Japón), es reconocida como el primer programa informático que localizaba automáticamente rasgos faciales como la nariz, los ojos y la boca en imágenes digitales utilizadas para el reconocimiento facial. Era capaz de procesar ochocientas imágenes: un número modesto para los estándares actuales, pero inusitadamente grande en aquella época. El reconocimiento facial por ordenador es habitual hoy en día, desde el inicio de sesión en nuestros móviles hasta el control de pasaportes en los aeropuertos. A mediados de los años 90, demostré la fiabilidad de la detección facial con algoritmos de aprendizaje automático de redes neuronales, una tecnología hoy omnipresente en los teléfonos móviles. Más adelante, en la primera década de los años 2000, me pasé al reconocimiento automático de expresiones faciales. Nuestro equipo, en colaboración con investigadores del campo de la psicología, desarrolló métodos para reconocer microexpresiones faciales pormenorizadas junto con movimientos de la cabeza y el cuerpo, que se utilizan para enriquecer la interacción entre humanos y robots, así como para el diagnóstico médico y psiquiátrico.

La conducción autónoma es otros de mis temas favoritos. A mediados de los 80, fundé un proyecto en este campo en la Universidad Carnegie Mellon. Desarrollamos una serie de funciones para la conducción autónoma basada en la visión artificial, como seguimiento de carriles, detección de coches y peatones, planificación de trayectorias y estacionamiento paralelo. Estas funciones se instalaron en un vehículo controlado por ordenador y equipado con cámaras que recibió el nombre de NAVLAB (abreviatura de Laboratorio de Navegación). En 1995, el NAVLAB-5 de quinta generación logró «Cruzar América sin manos» por la autopista de Pittsburgh a San Diego, aproximadamente 5000 kilómetros con un 98,2 por ciento de control autónomo de la dirección. Fue un importante hito en la historia de la conducción sin conductor. Durante el trayecto, un policía del estado de Texas se acercó a nuestro vehículo, al parecer sospechando del cartel de «Nadie a bordo» que llevaba. Sin embargo, al descubrir que se trataba de un vehículo experimental de conducción autónoma, se ofreció a acompañarnos hasta la frontera del estado por seguridad.

La «realidad virtualizada» es el concepto que acuñé a mediados de los 90. Consiste en crear una representación virtual espacio-temporal completa de un acontecimiento dinámico del mundo real utilizando un gran número de cámaras, y que los usuarios puedan verlo libremente desde diversos puntos de vista. Para su estudio y desarrollo, construí una cúpula única en su especie cubierta por muchas cámaras: primero 50, luego hasta 400. En 2001, en la Edición XXXV de la Super Bowl de fútbol americano, se realizó una demostración del sistema EyeVision con 33 cámaras controladas por robótica, que retransmitía las repeticiones de las jugadas en 360 grados, al estilo de una película de Matrix, a más de cincuenta millones de espectadores de todo el mundo. Durante la emisión aparecí brevemente para explicar cómo funcionaba el sistema, lo que me valió el divertido título de «El único profesor jamás aparecido en la Super Bowl». Hoy el concepto se ha extendido, y vemos más medios parecidos para todo tipo de eventos televisados.

La visión por ordenador se utiliza hoy en día en todas partes, desde la vida cotidiana hasta la exploración espacial, pasando por las instalaciones fabriles y la medicina. Sin embargo, puede que no hayamos hecho más que arañar la superficie de su potencial. Es posible descubrir capacidades mucho mejores y más aplicaciones. Podríamos hacer visible incluso lo invisible. Con sensores avanzados, ordenadores de alto rendimiento y algoritmos de aprendizaje de inteligencia artificial, el campo de la visión por ordenador se encuentra en medio de una «tormenta perfecta» de lo más emocionante, en el mejor de los sentidos.

Por último, debo expresar la mayor gratitud a mis muchos estudiantes, colaboradores y colegas. Sin ellos no habría sido posible ninguno de los sistemas de visión artificial que he descrito. Doy las gracias a mi mujer, Yukiko, que me acompaña hoy aquí, y a mis dos hijos, Shunichi y Sayaka, que por desgracia fallecieron jóvenes. Ellos me han dado el amor y el apoyo que me permiten seguir investigando día y noche.

Claire Voisin, galardonada en la categoría de Ciencias Básicas

Es un gran honor para mí compartir con Yakov Eliashberg el Premio Fronteras del Conocimiento en la categoría de Ciencias Básicas. Me parece muy destacable el generoso apoyo que la Fundación BBVA presta a las artes y las ciencias sin prejuzgar sus resultados ni sus aplicaciones.

En estos tiempos difíciles, sería muy ingenuo afirmar que los matemáticos dedicados a la investigación en matemáticas puras trabajan por el bienestar de la humanidad. Sin embargo, sí creo que el saber matemático es fundamental para el conocimiento y la vida intelectual en general, porque se basa en el principio universal de que toda afirmación, para ser considerada verdadera, debe demostrarse. Otro asunto es para qué sirven las matemáticas, que es cuestión de gustos y apreciación personal. Me viene a la cabeza el jesuita italiano Matteo Ricci, que vivió treinta años en China a finales del siglo XVI e intentó convertir a los chinos al cristianismo valiéndose del razonamiento y los argumentos lógicos. Con las conversiones no logró gran cosa, pero compiló un diccionario portugués-chino, tradujo del latín al chino los seis primeros volúmenes de los elementos de Euclides y del chino al latín los clásicos confucianos, y con ello tendió un hermoso puente, hecho de matemáticas y filosofía, entre las culturas china y occidental.

Las teorías y los objetos matemáticos aparecen por extrapolación abstracta del mundo real. Tras un largo rodeo que exige audacia, libertad y creatividad, sirven para comprender, describir e interpretar nuestra experiencia física e intuitiva. Así sucede con la geometría de Riemann, el estudio general de espacios métricos y su curvatura, como la superficie de la Tierra. En una variedad riemanniana puede medirse la norma de un vector tangente y, por tanto, la longitud de las trayectorias. De igual manera, la geometría simpléctica, que estudia los espacios donde puede calcularse el área del paralelogramo generado por dos vectores tangentes, y la denominada «geometría de contacto», su compañera, surgieron originalmente de la mecánica, y Hamilton, Lagrange y Legendre son grandes nombres propios que hoy están por todas partes en los campos de la geometría simpléctica y de contacto.

La geometría compleja, que puede describirse como un análisis en torno a los números complejos, es un desarrollo analítico del estudio de funciones polinómicas en diversas variables complejas. La geometría compleja en dimensión real 2 es muy cercana a la geometría de Riemann, pero en dimensiones superiores solo se corresponde con esta si las variedades complejas consideradas son de Kähler; es el caso de las variedades proyectivas complejas que estudia la geometría algebraica compleja. En el caso de Kähler, las variedades también admiten una estructura simpléctica que viene dada por la forma de Kähler. Con ello se crea un vínculo entre la geometría compleja y la geometría simpléctica que generalizó Gromov, quien introdujo estructuras casi complejas en la geometría simpléctica y las curvas pseudoholomorfas.

Yakov Eliashberg ha investigado la topología de las variedades de Stein, definidas por ecuaciones holomorfas en el espacio afín complejo. En particular, aportó una caracterización topológica de las variedades casi complejas que se deforman para convertirse en variedades de Stein. Sus ideas pioneras lo pusieron al frente de ambos campos, la geometría simpléctica y la de contacto.

Yo he dedicado buena parte de mi investigación a la topología de las variedades complejas proyectivas, y he demostrado, por ejemplo, que es más limitada que la topología de las variedades compactas de Kähler. Recientemente, he trabajado con Debarre, Huybrechts y Macri en las variedades hiper-Kähler que introdujeron Hitchin y Beauville en los años ochenta. Son variedades complejas que admiten muchas estructuras simplécticas, especialmente Kähler y holomorfas, que se intercambian por medio de construcciones de espacio twistor. Obtuvimos una caracterización topológica para una clase de esos objetos en dimensión 4.

Me complace mucho celebrar hoy en España la belleza de la geometría compleja y la topología simpléctica. Quiero enviar un aplauso a mis colegas y amigos de Barcelona, Bilbao y Madrid, y agradezco de corazón a la Fundación BBVA este premio, que supone un gran reconocimiento y un fuerte estímulo para mi investigación.

Dorthe Dahl-Jensen, galardonada en la categoría de Cambio Climático

Es un honor increíble recibir este premio junto con mis amigos y colegas Jakob Schwander, Thomas Stocker, Jean Jouzel y Valérie Masson-Delmotte. Procedemos de tres grupos de investigación que han sido primordiales en la construcción del campo de investigación de la ciencia de los núcleos de hielo. Seguimos los pasos de Willi Dansgaard, Hans Oeschger y Claude Lorius, y contamos con sólidos equipos de jóvenes brillantes y prometedores que investigan con nosotros. Sin duda alguna, la perforación de testigos de hielo es un campo de investigación que necesita de nuestro trabajo en colaboración.

Conocer y extraer la rica información climática encerrada en los majestuosos y cristalinos núcleos de hielo de 3 km de longitud que perforamos desde la superficie de las grandes capas de hielo de Groenlandia y la Antártida hasta su lecho rocoso ha sido un viaje pionero y jalonado de retos. El hielo es más puro que el agua destilada, pero todo aquello que se le haya adherido se conserva muy bien en estado de congelación. Este campo de investigación se ha desarrollado durante los últimos sesenta años. Los isótopos del agua revelan que durante los periodos glaciares fríos y los interglaciares cálidos tuvieron lugar cambios en la temperatura. La precipitación ha cambiado, las concentraciones de impurezas del océano y los continentes han variado, y los isótopos radiactivos de la atmósfera, como el berilio-10 y el cloruro-36, nos indican los cambios que se han producido en la intensidad solar.

Es realmente fascinante ver los millones de pequeñas burbujas de aire dentro de las muestras de hielo: pequeñas burbujas de aire que la nieve de superficie capturó cuando se comprimía lentamente al transformarse en hielo. Es un milagro tener ahí atrapadas pequeñas burbujas de aire de la atmósfera del pasado, que se remontan a 800.000 años atrás en el tiempo.

Extrayendo el aire, podemos reconstruir la concentración atmosférica de gases de efecto invernadero —como dióxido de carbono, metano y nitróxido— que había en tiempos pasados. Vemos que, también retrocediendo mucho en el tiempo, los cambios en los gases de efecto invernadero iban asociados a los cambios en la temperatura de la superficie. Durante los periodos glaciares, el enfriamiento de los océanos hacía que en ellos quedaran atrapadas mayores cantidades de dióxido de carbono, que se liberaba cuando los océanos volvían a calentarse. Al estar muy bien datados, los núcleos de hielo nos permiten conocer en detalle la interacción del calentamiento astronómico con la retroalimentación entre los gases de efecto invernadero y las temperaturas de superficie.

En la actual era antropogénica, salta a la vista que las concentraciones de gases de efecto invernadero son mayores que las que arrojan los registros de testigos de hielo de hace 800.000 años. La vida útil del dióxido de carbono en la atmósfera es de más de 100 años, lo que quiere decir que hemos concertado un calentamiento del planeta que durará de aquí a muchos años. Este conocimiento nos obliga a reducir las emisiones en lo sucesivo. Hoy los seres humanos estamos jugando con el sistema climático global en un experimento en el que todos estamos atrapados.

Volviendo a la investigación y la innovación, no dejan de aparecer nuevas mediciones de gases. Una de las que más me han impresionado es la del criptón 81 radiactivo atrapado en los núcleos de hielo. El criptón 81 es tan raro que para detectar átomos individuales hay que utilizar trampas de átomos con láser. Estas mediciones tan avanzadas, que permiten datar hielo de hace millones de años, son un buen ejemplo del carácter interdisciplinario de nuestro trabajo, en el que utilizamos láseres de attosegundos, aceleradores, química de alto nivel, seguidos siempre de modelos matemáticos y físicos a todas las escalas, sin olvidar la tecnología de la inteligencia artificial.

Dedicaré mis últimas palabras al trabajo de campo: las expediciones a Groenlandia y la Antártida, los meses que pasamos juntos en pequeños campamentos perforando núcleos de hielo. La relación de compañerismo y amistad con Jakob, Thomas, Jean y Valérie vale mucho para mí. Por eso es un placer tan grande estar perforando estos años un testigo de hielo en la Antártida, el más antiguo del proyecto Beyond EPICA, buscando hielo de más de un millón de años de antigüedad. Crucemos los dedos por encontrarlo.

Gracias de nuevo a la Fundación BBVA y al jurado, y a todos los colegas y amigos del mundo entero.

Elke Weber, galardonada en la categoría de Ciencias Sociales

Me complace mucho y es un gran honor para mí recibir el Premio Fronteras del Conocimiento en Humanidades y Ciencias Sociales por mi trabajo sobre la toma de decisiones medioambientales y los factores motivadores para la acción contra el cambio climático. Agradezco a la Fundación BBVA y a los miembros del jurado este extraordinario honor.

La toma de decisiones medioambientales es una disciplina nueva. Surgió de la teoría de la decisión, según la cual los humanos (los homo sapiens, «nosotros») no necesariamente tomamos decisiones de manera estrictamente racional. El sesgo del presente, el temor a la pérdida y otras desviaciones sistemáticas de la racionalidad económica nos llevan a tomar muchas decisiones que no nos benefician a largo plazo. Esto es así en muchos ámbitos —desde la falta de previsión en el ahorro para la jubilación hasta los hábitos de alimentación poco saludables— en los que conducirse con visión de futuro exige un sacrificio inmediato y seguro a cambio de beneficios que quedan pospuestos al futuro y a menudo son muy inciertos. Lo mismo se aplica a las decisiones medioambientales, como la acción por el clima, pero en este caso los beneficios futuros ni siquiera revierten en nosotros o, mejor dicho, en nuestro yo futuro, sino en otras personas de lugares lejanos o en generaciones venideras. Las decisiones medioambientales también afectan a los bienes públicos y a los recursos de uso común y libre disposición, lo que hace que la acción protectora parezca un empeño más arduo todavía.

Pero, afortunadamente, conocer mejor la toma de decisiones humanas en condiciones de riesgo e incertidumbre no nos trae solo malas noticias. Saber que a la gente no solo le motivan las consecuencias materiales para su persona, sino que también se preocupa por los demás y por su aceptación social, y que tiene necesidades y objetivos psicológicos (como sentirse segura y confiar en sus decisiones), aporta una serie de incentivos que motivan para la acción mucho más que las motivaciones derivadas de la economía y la ley. También es de ayuda saber que las decisiones no las tomamos solo con la cabeza (calculando las consecuencias), sino también con el corazón (respondiendo a sentimientos de culpa o miedo, o de orgullo) y atendiendo a las reglas (siguiendo las normas morales de conducta o los procedimientos operativos estándar): este saber nos permite diseñar entornos de decisión (aplicar la «arquitectura de la elección») que aumenten las probabilidades de tomar decisiones con previsión.

Decir que se necesita el esfuerzo de todos es un tópico, pero también es la pura verdad cuando se trata de cultivar el conocimiento a través de la investigación, conseguir que ese conocimiento se aplique en entornos del mundo real y proporcionar una buena formación a la próxima generación de científicos interdisciplinarios y responsables de las políticas, tanto del sector público como del privado.

Por eso quiero expresar mi reconocimiento a los muchos mentores y colaboradores con los que he trabajado a lo largo de los años, cuyas ideas y aportaciones me han servido de inspiración y han orientado mis objetivos y metodologías de investigación. Por desgracia, muchos de ellos ya no viven; entre ellos, mi director de doctorado, el eminente psicólogo matemático Duncan Luce, que me hizo considerar la toma de decisiones bajo riesgo e incertidumbre desde el punto de vista de la psicología, pero con rigor matemático. También tengo una enorme deuda con Dave Krantz —coautor junto con Duncan Luce y Amos Tversky de la obra magna en tres volúmenes Foundations of Measurement)—, con quien en 2001 fundé el Centro de Investigación en Decisiones Medioambientales (CRED) en la Universidad de Columbia. En este centro se inició la subdisciplina de la toma de decisiones medioambientales y se formaron numerosos estudiantes de doctorado y posdoctorado de gran valía. El tercero de los fallecidos con los que estoy en deuda es Howard Kunreuther, economista conductual de la Universidad de Pensilvania, que aportó «su» capítulo sobre gestión de riesgos como un trampolín para presentar los procesos de decisión no racionales ante el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas en los primeros años de la década de 2010.

Y a continuación, mi reconocimiento a los vivos, a los estudiantes de posgrado y posdoctorado y a los colegas y colaboradores, demasiados para mencionarlos a todos. La Universidad de Princeton ha sido un hogar intelectual muy estimulante y generoso durante los ocho últimos años, y allí fundé el Behavioral Science for Policy Lab (BSPL), que abarca el Centro Andlinger de Energía y Medio Ambiente en Ingeniería, la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales (SPIA) y el Departamento de Psicología. Quiero dar las gracias a los dos compañeros de Princeton que me propusieron para el Premio, también ellos galardonados con el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento: Susan Fiske, del Departamento de Psicología, que ganó el Premio hace cuatro años en la categoría de Humanidades y Ciencias Sociales, y Simon Levin, del Departamento de Biología Evolutiva y Ecología, que lo ganó hace dos años en la categoría de Ecología y Biología de la Conservación. Por último, estoy profundamente en deuda con mi colaborador y marido, Eric Johnson, de la Universidad de Columbia, a quien doy las gracias por su inspiración y su inquebrantable apoyo en veinticinco publicaciones conjuntas y el mismo número de años de un matrimonio estupendo.

Para terminar, permítanme agradecerles de nuevo este honor tan enorme. La repercusión internacional de este premio ayudará a corregir la percepción errónea de que la ausencia de una acción climática adecuada se debe únicamente al déficit de información: conocer los déficits cognitivos, motivacionales y políticos que contribuyen a la inacción es el primer paso hacia un futuro mejor para nuestra especie en este planeta.

Partha Dasgupta, galardonado en la categoría de Economía, Finanzas y Gestión de Empresas

El panorama económico actual habría sido completamente irreconocible en 1950 debido al éxito sin precedentes que el mundo de la posguerra logró en la elevación del nivel de vida. La economía mundial se ha multiplicado por más de 15, la renta per cápita se ha quintuplicado hasta llegar a los actuales 20.000 dólares internacionales al año, y la pobreza absoluta ha bajado de alrededor del 60 por ciento de la población mundial a menos del 10 por ciento, y todo ello a pesar de que la población mundial ha aumentado de 2500 millones a más de 8100 millones. Como los economistas de los últimos años han observado repetidas veces en libros y ensayos, la humanidad nunca lo ha tenido tan bien.

Este logro extraordinario fue posible gracias a la acumulación de capital producido (carreteras, puertos, edificios, máquinas), capital humano (salud, educación, aptitud) e ideas (ciencia y tecnología). El proceso de acumulación transformó paisajes enteros en campos agrícolas que se extendían hasta donde alcanza la vista y en relucientes metrópolis por todo el planeta. Este éxito ha influido en el planteamiento de los problemas económicos y en la búsqueda de fórmulas para extender la buena fortuna a los que se han quedado atrás por todas partes.

Pero nuestro éxito mundial ha venido acompañado de un empobrecimiento cada vez mayor de la biosfera causado por la minería, las canteras y el cambio en los usos del suelo. Una señal de este empobrecimiento ha sido la extinción de especies, actualmente entre cien y mil veces superior a las tasas medias de extinción de los últimos millones de años. Otra señal ha sido la disminución de la capacidad de la biosfera para satisfacer nuestra demanda de sus bienes y servicios de forma sostenible. Por ello, podemos representar el carácter de la economía global con una moneda: por una cara, rascacielos, plantaciones, campos de cultivo, granjas ganaderas y autopistas en todas partes del mundo; por la otra, lagos que se secan, zonas oceánicas muertas, bosques desecados, arrecifes de coral blanqueados y cuencas baldías.

Si esa otra cara está ausente ahora mismo de la economía tradicional es porque los responsables de la toma de decisiones de hoy, tanto en instituciones privadas como públicas, son los estudiantes de ayer. Es difícil sobrestimar la influencia mutua de la economía académica y la toma de decisiones en todo el mundo, así como la profunda huella que deja la combinación de ambas en el imaginario de la opinión pública. Si la biodiversidad está hoy ausente de los indicadores económicos oficiales es porque desde el primer momento la naturaleza ha estado ausente de la economía.

Tal ausencia debería ser motivo de extrañeza, ya que la humanidad forma parte de la naturaleza y la economía humana está inserta en ella. Llevo unas cuatro décadas intentando introducir poco a poco la naturaleza en el pensamiento económico. Ha sido un proceso lento, pues rellenar los espacios en blanco de la economía implicaba reescribir cada uno de sus capítulos. La oportunidad de elaborar una revisión de la economía de la biodiversidad para el gobierno del Reino Unido me permitió reunir todas esas décadas de trabajo en una sola obra: The Economics of Biodiversity: The Dasgupta Review, encargada por el Tesoro de Su Majestad —el Ministerio de Hacienda del Reino Unido— y publicada en 2021. Y me complace mucho que la Fundación BBVA haya mostrado su aprecio por ella concediéndome su Premio anual en la categoría de Economía, Finanzas y Gestión de Empresas. Estoy profundamente agradecido.

George Benjamin, galardonado en la categoría de Música y Ópera

Dos recuerdos siguen conmigo desde mi primera visita a España, unas vacaciones en Málaga con mis padres y mi hermana en la primavera de 1971: uno de esos recuerdos es la ironía (al menos para una familia inglesa en Andalucía) de la lluvia incesante, y el otro, la visión de un prominente cartel de periódico que anunciaba la muerte de Stravinski. Tan importante noticia conmocionó a quien era un fanático admirador de la Consagración de la primavera ya a la tierna edad de 11 años.

Pero mi conexión con España se remonta más atrás, mucho más atrás: a la primera mitad del siglo XVII, cuando mi antepasado Isaac Abendana, judío converso, huyó de la Inquisición en Cantabria y viajó por Alemania y los Países Bajos antes de fijar finalmente residencia en Inglaterra. Allí tuvo una distinguida carrera académica, primero en Cambridge y luego en Oxford. Esto significa que —al menos, por la rama materna— tengo hondas raíces hispanas, que han ido cobrando cada vez más significado para mí con el paso de los años, a medida que voy conociendo este hermoso país y admirando la diversidad y riqueza de su maravillosa cultura.

Ese vínculo ancestral directo con España es una de las razones por las que esta noche me emociona tanto recibir este premio. También me trae al pensamiento a aquel niño de 11 años paseando bajo un aguacero por la orilla del Mediterráneo y que, a pesar de su corta edad, ya estaba decidido a dedicar su vida a la música y deseaba ardientemente ser una y única cosa: compositor.

Y me pregunto por qué. Hoy difícilmente podría responder esta pregunta: me he entregado a mi vocación durante toda mi vida adulta y no puedo ni imaginarme haciendo otra cosa. Pero si se lo hubieran preguntado a mi yo de 11 años, probablemente habría respondido —con su entusiasmo por Beethoven, Berlioz, Mahler y Stravinski, pese a sus conocimientos aún limitados— que, sencillamente, no hay nada más emocionante en el mundo que la música, que la música sin duda define la belleza, y que la luz y, sí, la verdad, residen en la armonía como en ningún otro lugar que exista. Y ahora comprendo que ni varias vidas serían suficientes para dedicarse a este prodigioso medio y explorarlo.

Esta noche quiero expresar mi más sentido agradecimiento al jurado y a la Fundación BBVA por haberme concedido este extraordinario premio y un honor tan preciado.

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