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“¿POR QUÉ DEBE UNA ECONOMÍA CRECER LO MÁS POSIBLE?”
¿Por qué debe una economía crecer lo más posible? Uno: porque ELproblema económico es la escasez: no todo alcanza para todos, menos en las cantidades que cada uno quisiera, y mucho menos gratis. Dos: porque para minimizar la escasez es necesario, a manera de condición necesaria, producir la mayor cantidad posible de bienes y servicios. Tres: porque el crecimiento de una economía se mide por el comportamiento de la producción de bienes y servicios.
¿Por qué es conveniente que la economía crezca lo más posible? Porque ello es condición necesaria para reducir la escasez, lo cual a su vez es condición necesaria para elevar el bienestar de la gente.
¿Qué se requiere para que una economía crezca lo más posible? Que directamente se invierta lo más posible. ¿Qué se requiere para que en una economía se invierta directamente lo más posible? Que su competitividad sea la mayor posible.
¿Cómo andamos, en México, en materia de competitividad? Según el Índice de Competitividad Global, del Foro Económico Mundial, en 2011/2012 México ocupó, en materia de competitividad, la posición 58 entre 144 naciones, con calificación de 6.1 sobre 10. En 2016/2017 la posición es el 51 entre 138 países y la calificación 6.3 sobre 10. Hubo avance, pero no suficiente para atraer más inversión directa de la que se atrajo.
La inversión directa se destina a la producción de bienes y servicios. Una parte esencial de la misma es la inversión fija bruta que se realiza en instalaciones, maquinaria y equipo. En términos anuales, y en promedio mensual, dicha inversión creció, en 2012, 4.6 por ciento; en 2013, menos 1.5; en 2014, 2.9; en 2015, 4.4; en 2016, 1.8; entre enero y junio del 2017, menos 1.3 por ciento.
El objetivo inmediato de las reformas estructurales es elevar la competitividad del país para atraer más inversión directa, con el fin mediato de que la economía crezca, de manera sostenida, al 5 por ciento, objetivo que no se ha logrado. ¿Qué falló? ¿Qué faltó? ¿Qué sobró?

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“EN MATERIA FISCAL RIGE EN MÉXICO LA “LEY DEL EMBUDO”: LO ANGOSTO PARA LOS CIUDADANOS QUE PAGAN IMPUESTOS Y LO ANCHO PARA LOS GOBERNADORES Y FUNCIONARIOS QUE LOS GASTAN.”
En diciembre entran en vigor una serie de cambios para emitir nuevas facturas, que significan cientos de horas de trabajo y miles de pesos adicionales para adquirir los software y conocimientos para cumplir con los nuevos requisitos de hacienda “dizque” para evitar la evasión, que no es el principal problema en México, sino el mal uso y robo de impuestos, que es donde el gobierno no investiga ni castiga a quienes mal usan y roban los impuestos.
En materia fiscal rige en México la “Ley del embudo”: lo angosto para los ciudadanos que pagan impuestos y lo ancho para los gobernadores y funcionarios que los gastan. Son necesarios mayores controles para evitar más robos de impuestos, que deslegitiman éticamente el pago de impuestos. Muchos causantes buscan evitar su pago pues saben que parte de sus impuestos terminarán en los bolsillos de funcionarios.
En EUA, según Doing Business, las empresas invierten 175 horas en preparar su pago de impuestos; en México, 286 horas, 63% más. Y con las nuevas reglas es posible que en muchas empresas medianas y pequeñas se dupliquen las horas de trabajo y los recursos  para cumplir con los nuevos requisitos que pide el SAT. Hay cientos de cursos que se ofrecen para que contadores y causantes entiendan el nuevo enjambre de reglas que hay que cumplir para pagar impuestos. Los grandes “ganones”, que obtienen ganancias de miles de millones de pesos, son las empresas que venden la tecnología al SAT y a millones de causantes para actualizar sus programas, enviar facturas complementarias y catálogos de productos requeridos para evitar, según el SAT, la evasión.
El secretario de Hacienda, José Antonio Meade debe investigar el costo para el sector productivo y el beneficio para el gobierno de estos burocráticos y engorrosos cambios, que  benefician a empresas que venden la tecnología para implementarlas y en donde participan presuntamente ex funcionarios y funcionarios de Hacienda.
Ahora, si tratan de reducir el déficit por el lado de mayores ingresos y no de menores gastos, como se deriva del proyecto de Presupuesto 2018, que se fastidien los ciudadanos, pues el ejecutivo no está dispuesto a reducir sus gastos.

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“ES INCREÍBLE LA RECURRENCIA DE DEBATES NECIOS, SIN NINGÚN SUSTENTO, COMO EL QUE ACABA DE RENACER CON LOS COMENTARIOS ATRIBUIDOS AL GENERAL JOHN KELLY.”
Con solidaria empatía para las víctimas del terremoto
Es increíble la recurrencia de debates necios, sin ningún sustento, como el que acaba de renacer con los comentarios atribuidos al General John Kelly, jefe del gabinete de Donald Trump, respecto a si México estaba a punto de volverse un Estado fallido, siguiendo los pasos de la Venezuela de Chávez y Maduro.
Hace casi una década el Comando Conjunto de las Fuerza Armadas de EU publicó su evaluación anual de los riesgos que ellos percibían en el mundo, afirmando que “En el caso del escenario más negativo posible…, dos Estados grandes e importantes pueden sufrir un colapso rápido y abrupto: Paquistán y México.”
En aquella ocasión se armó un escandalazo en los países aludidos, con los exaltados políticos mexicanos predeciblemente envolviéndose en la bandera nacional para acusar “… cómo se atreven los gringos a decir tal cosa de nuestra patria, en una nueva y clara transgresión de su soberanía nacional.”
Yo preparé un ensayo alusivo al tema para el Center for Hemispheric Policy de la Universidad de Miami en julio de 2010 analizando la guerra contra las drogas emprendida por el Presidente Calderón como el ingrediente central de la creciente violencia que se desató, sobre todo entre los cárteles del narco.
Hay que recordar que hasta aquel momento la violencia seguía en ascenso, aunque la estrategia entonces aplicada y una mejor coordinación de las fuerzas públicas en ese conflicto, rompieron la tendencia el año siguiente y la violencia empezó a amainar, solo para rebotar con gran vigor en el actual sexenio.
¿Qué pasó? Al desmantelar la Secretaría de Seguridad Pública y fundirla en Gobernación se abandonaron labores cruciales de coordinación e inteligencia en las que se había avanzado mucho, mientras que la consolidación de una policía federal efectiva y suficiente para relevar a las fuerzas armadas de su papel en la lucha contra el narco fracasó, al tiempo que el Cisen se dejó en manos ineptas y facciosas.
¿Se sigue que México está hoy más cerca de ser un Estado fallido que entonces? Para nada, lo mismo que nuestro país no estaba en el umbral del caos en el 2010 tampoco lo está hoy cuando empiezan a dar frutos las reformas adoptadas y vemos a sociedad y gobierno enfrentando la adversidad con pasión y enjundia notables.
Esto no quiere decir que el país esté en jauja, nada más remoto. Persisten grandes zonas donde campea la violencia del narcotráfico y la autoridad es inexistente o incapaz de defender a la población de sus consecuencias, mientras que el combate se sigue concentrando en decapitar a sus líderes, lo que sólo agrava el problema.
Ello se debe a que los aspirantes a remplazar al líder caído entran en sangrientos combates lo que rompe la previa organización de los cárteles, creándose una hidra de mil cabezas que se torna más violenta con cada nueva poda, mientras el gobierno presume como un gran éxito haber acabado con el 80% de los cabecillas.
Si se sigue adelante con una estrategia a todas luces fallida, que ha perdido el apoyo de la sociedad, cuando la prioridad debiera se restaurar la paz y acabar con la matanza que ha cobrado cientos de miles de vidas, es por la presión de EU no sólo para seguir en esta guerra fatal sino para redoblar nuestros esfuerzos.
Si el gobierno de EU en voz del General Kelly, reunido con el Presidente y líderes legislativos, cree que México es un Estado fallido y se atreve a compararlo con Venezuela, yo creo que es el momento apropiado para cambiar radicalmente de estrategia y concentrar toda nuestra energía en apaciguar al país, fortalecer los cuerpos de policía y su coordinación, y restablecer el estado de derecho perdido.
¡Y que los gringos opinen lo que quieran!

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“REFORMAS VAN, Y REFORMAS VIENEN, Y LA ECONOMÍA NO LOGRA CRECER, NI REMOTAMENTE, A TASAS CERCANAS, Y MUCHO MENOS SOSTENIBLES, DEL 5 POR CIENTO.”
Con las reformas estructurales se pretendía que la economía mexicana creciera, en promedio anual, al 5 ciento. Recordémoslas: reforma laboral, que se preparó en el sexenio de Calderón y empezó a aplicarse en el gobierno de Peña Nieto; de competencia; de telecomunicaciones, que fue una aplicación particular, al sector de las telecomunicaciones, de la reforma de competencia; financiera; energética, tanto en la parte petrolera como en la eléctrica; fiscal, que no fue reforma sino contrarreforma, que mantuvo, en lo esencial, el engendro fiscal que padecemos, tanto por el lado del gasto como por el de los ingresos.
El crecimiento de la economía se mide por el comportamiento de la producción de bienes y servicios, cuyo comportamiento depende del comportamiento de la inversión directa, que abre empresas, produce bienes y servicios, crea empleos y permite, a quienes obtienen esos puestos de trabajo, generar ingresos, comportamiento de la inversión directa que depende de la competitividad del país, que se define como la capacidad de una nación para atraer, retener y multiplicar inversiones directas.
El objetivo inmediato de las reformas estructurales fue elevar la competitividad de la economía mexicana, hacerla más segura y confiable para la inversión directa, tanto nacional como extranjera. El objetivo mediato fue lograr un crecimiento promedio anual del 5 por ciento, algo que se antoja, si no imposible, sí difícil.
Mes tras mes el Banco de México levanta la Encuesta sobre las Expectativas de los Especialistas en Economía del Sector Privado, y una de las preguntas que hace es: ¿Cuál será el crecimiento promedio de los próximos diez años (2017-2026)? La media de la respuesta de la encuesta de agosto fue: 2.80 por ciento, lo cual, de cumplirse el pronóstico, será un resultado muy alejado del 5 por ciento del que se habló en el Pacto por México.
Reformas van, y reformas vienen, y la economía no logra crecer, ni remotamente, a tasas cercanas, y mucho menos sostenibles, del 5 por ciento. ¿Qué ha fallado? ¿Qué ha faltado? ¿Qué ha sobrado?

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“LO QUE SE DESCRIBÍA COMO EXPLOSIVA CREACIÓN DE EMPLEO, PARA LOS INTELECTUALES LLEGADOS DE EUROPA ERA EXPLOTACIÓN DE LOS TRABAJADORES.”
Hace unos días cabalgando por las redes sociales, me llevé una desagradable sorpresa. Como hiedra venenosa invadía mi computadora un video en el que se lleva a cabo un romántico homenaje al mal logrado ex presidente de Chile, Salvador Allende. El único ingrediente que faltó en este batarete, es que lo propusieran para una santificación la cual, con gran seguridad afirmo, navegaría los canales burocráticos de Roma con gran velocidad, puesto que el Papa Francisco porta la misma ideología marxista, con la cual casi borró del mapa a Chile el ya pronto San Salvador Allende.
Debo insistir en lo dramático de mi sorpresa, porque quien activara este video es alguien a quien un amigo mutuo describe como un pensador profundo, profesor universitario y un gran intelectual. Al terminar de verlo me pregunté ¿Cómo es posible que un profesor universitario exhiba esa admiración celestial por un marxista que, repito, casi borrara del mapa a Chile? Llegaban luego a mi mente las afirmaciones del líder de los Chicago Boys chilenos, Ernesto Fontaine, cuando aseguraba fue Allende el que abrió la puerta a ese cambio que ellos activaran, para convertir a Chile en el único país próspero y desarrollado de América Latina, y la admiración de líderes mundiales.
Otro de los Chicago Boys y admirado amigo, Rolf Luders, me decía que ya Chile había tratado infinidad de recetas y nada les había funcionado. Fue cuando se tomó la decisión de confiar el rescate de la economía chilena, en esos momentos en respirador artificial, al grupo de economistas liberales entrenados en la Universidad de Chicago, para llevar a Chile a su prosperidad actual y que ahora los mismos chilenos amenazan con destrozar. Afirmaba Jefferson; “tierra necesitada de mártires, es tierra maldita” ¡Queremos mártires, pero no libertad ni trabajo!
¿Por qué regresar al infierno?
Es lo que sucedió en EU a finales del siglo 19 cuando, en medio de una ola de histórica prosperidad, surgiera el movimiento “progresista” tratando de regresar a los americanos a la época de las cavernas. El país en cien años se había convertido en el más rico y poderoso del mundo, activando un sistema republicano con sus mercados libres y libre comercio. La mayoría de los americanos pensaban haber encontrado su paraíso. El destino manifiesto de los EU se había convertido en una realidad, y un ejemplo para el mundo.
Pero los intelectuales llegados de Europa no tenían la misma visión. Lo que se describía como explosiva creación de empleo, para ellos era explotación de los trabajadores. Lo que todo mundo definía como expansión de prosperidad, ellos lo describían como gente descendiendo al infierno de la pobreza. Donde unos veían la liberación de los trabajadores mediante el uso de las máquinas, para ellos era la esclavitud del hombre por esas máquinas. Marx había declarado que, “junto con este nuevo proceso de transformación por el cual se lograba el incremento en la producción, emergía la miseria, esclavitud, degradación, explotación”. Marx había escrito en “El Manifiesto Comunista” que, la maquina capitalista con su sobreproducción, creaba peligrosos desbalances económicos porque había demasiada civilización, demasiado dinero, demasiada industria y demasiado comercio”.   
El economista Henry George proclamaba que: “Donde se utilizan estas nuevas fuerzas, miles de gentes viven de la caridad; mientras unos acumulan riqueza, otros mueren de hambre y cadavéricos infantes sorben pechos secos”. Emergía el partido del populismo con su plataforma: “El fruto del trabajo de millones, es robado para construir grandes fortunas para unos cuantos. Del mismo vientre prolífico de injusticia procreamos dos grandes clases, vagabundos y millonarios”. Ante estas tétricas condiciones que ellos describían, otros preguntaban;  ¿comparadas con cual época y con qué lugares, se podía afirmar las condiciones en EU eran tan graves? ¿El trabajador de una fábrica estaba más oprimido que los siervos de la edad media? ¿Sus condiciones eran peores que las de un campesino en China? ¿Peores que las de miembros de tribus africanas? Si no era así, entonces ¿Con base a cuál comparación sus argumentos cobraban validez?
Sus posiciones se basaban en términos de visiones de “lo que debe ser”, o lo que ellos pensaban debería ser, no en realidades presentes o experiencias pasadas que pudieran ilustrar. Lo de ellos era la visión de un ideal que nunca había sido, una utopía. La realidad de su era no se podía calificar al compararla con su ideal o su utopía. Esa visión ha sido la forma de lavar las mentes de quienes no utilizan la razón; los revolucionarios e intelectuales de nuestra era. Y lo más triste, como consecuencia de los dramáticos avances que a base de libertad se habían logrado, a ellos les han facilitado el reclutamiento de otros desviados, explotando el mejor argumento en su arsenal, la envidia. ¡Nacía el perfecto idiota!
Ellos son hombres y mujeres que se han divorciado de su pasado, de su religión, de sus circunstancias, e iniciaron su lucha contra el mundo. Estas actitudes han sido el sello de lo que ahora se conoce como “intelectualismo”. Portan características muy fácilmente detectables. Son agresivamente críticos y rechazan los sistemas económicos y políticos del presente. Sus mentes están atrapadas en las sociedades que, según ellos, surgirán en el futuro, sociedades que nunca han existido y no tienen comprobación. Son colectivistas y piensan que los cambios solo se pueden lograr con acciones colectivas. Piensan que los individuos no tienen capacidad para mejorar sus condiciones, y se deben unir a otros para lograr un cambio social. Todos son socialistas al extremo. Ellos creen en la acción colectiva a través del gobierno y odian la libertad. Su estrategia es apoderarse del gobierno, para luego usar todo ese poder e imponer sus esclavizantes cambios.
Antes luchaban con pocas posibilidades de éxito. Pero la emergencia de la “democracia” ha sido un instrumento sumamente útil para sus propósitos. Estamos ignorando la advertencia de Jefferson: “No se enamoren del concepto nacido con la revolución francesa; democracia, porque si lo hacen, el país va ser controlado por la plebecracia”.  Los Fundadores se dieron cuenta que una democracia –el sistema que le confiere poderes ilimitados a la mayoría– es lo opuesto a la libertad. La democracia descansa en la primacía del grupo. El principio supremo de ese sistema, es que la voluntad del colectivo debe ser el criterio sagrado en asuntos económicos y políticos; por lo tanto, la mayoría puede arrogarse para sí misma el poder de explotar y tiranizar a otros. Si tu pandilla es lo suficientemente grande, puedes salirte con la tuya en lo que quieras.
Estos discretos socialistas se inspiraron en la Sociedad Fabiana, quienes tomaron el nombre del General romano Fabius, famoso por sus tácticas sigilosas, sus movimientos cautelosos, el avance silencioso de sus tropas para sorprender al enemigo y atacar con la ferocidad del tigre. Así el socialismo, sin enarbolar su bandera, con pies de gato y a gotitas, sigue avanzando por el mundo.

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“LA MEJORA INSIGNIFICANTE NO ALCANZÓ PARA ATRAER MÁS INVERSIÓN DIRECTA DE LA QUE SE ATRAJO, QUE ES LA CAUSA EFICIENTE DEL CRECIMIENTO ECONÓMICO.”
El crecimiento promedio anual de la economía mexicana, medido por el comportamiento de la producción de bienes y servicios, fue, entre 1934 y 1981, del 6.2 por ciento. En 1982 perdimos el crecimiento elevado y sostenido, y de entonces al año 2016 el crecimiento promedio anual de nuestra economía fue de 2.3 puntos porcentuales, un crecimiento mediocre, que se prevé ligeramente superior para los próximos diez años, según los resultados de la Encuesta sobre las Expectativas de los Especialistas en Economía del Sector Privado, correspondiente al mes de agosto, en la cual los economistas encuestados proyectan un crecimiento promedio anual de la economía mexicana, entre 2017 y 2026, del 2.8 por ciento, medio punto porcentual por arriba del promedio de los últimos 35 años, pero todavía mediocre, insuficiente para lograr un mayor progreso económico para todos. Y esto es lo importante: para todos.
El objetivo mediato de las reformas estructurales (laboral, de competencia, de telecomunicaciones, financiera, energética y fiscal) fue lograr un crecimiento promedio anual del 5 por ciento, algo que no resultará fácil. Para conseguirlo debemos atraer más inversión directa de la que hemos atraído, para que se abran más empresas, se produzcan más bienes y servicios, se creen más empleos, y se generen más ingresos, para lo cual debemos elevar la competitividad del país, de tal manera que la economía mexicana se vuelva un destino más seguro y confiable para ese tipo de inversiones. El objetivo inmediato de las reformas estructurales fue elevar la competitividad de nuestra economía. ¿Se ha logrado?
Según el Índice de Competitividad Global, del Foro Económico Mundial, en 2011/2012 México ocupó, en materia de competitividad, el lugar 58 entre 144 naciones, con una calificación de 6.1 sobre 10. En 2016/2017 el lugar es el 51 entre 138 países y la calificación 6.3 sobre 10. Hubo una mejora, pero insignificante, que no alcanzó para, en función de la competitividad del país, atraer más inversión directa de la que se atrajo, que es la causa eficiente del crecimiento económico.

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“LA CLÁUSULA DE EXTINCIÓN ES LA MUESTRA DE LA DESCONFIANZA QUE EL ACTUAL GOBIERNO ESTADOUNIDENSE TIENE EN TORNO AL LIBRE COMERCIO.”
El secretario de comercio estadounidense, Wilbur Ross, declaró que su gobierno propondrá, en el marco de la renegociación del TLC, una cláusula para revisar cada cinco años el Tratado, a la que llamó, no cláusula de revisión, sino cláusula de extinción, lo cual muestra, uno, lo mucho que falta para que entre los tres países haya verdadero libre comercio y, dos, la desconfianza que el actual gobierno estadounidense tiene en torno al libre comercio.
El libre comercio consiste en el arreglo institucional, sobre todo normas jurídicas, que permite que sean los consumidores, comprando o dejando de comprar, quienes determinen la composición (el qué) y el monto (el cuánto) de las importaciones, sin ninguna intervención de parte del gobierno en lo que respecta a esas dos variables, el qué y el cómo, de tal manera que se importa lo que los consumidores nacionales están dispuestos a comprar, y en las cantidades que están dispuestos a comprar, lo cual, entre otras cosas, respeta la libertad de dichos consumidores para comprar lo que les dé la gana (nacional o importado), a quien les dé la gana (nacional o extranjero), en donde les dé la gana (en el país o en el extranjero), sin olvidar la competencia que los productos importados le genera a los productores nacionales, obligándolos a volverse más competitivos, capaces de ofrecer a menor precio, con mayor calidad y con mejor servicio.
Un tratado de verdadero libre comercio incluye, no tomos de acuerdos entre las partes, como es el caso del TLC, sino unos cuantos renglones, redactados en estos términos: “A partir de tal fecha, las partes se comprometen a eliminar cualquier tipo de barrera al intercambio comercial entre los habitantes de los países involucrados”. Una vez alcanzado el verdadero libre comercio no habría nada más que renegociar, al menos que se quisiera volver, en mayor o menor medida, al proteccionismo, que es la intención detrás de la mentada cláusula de extinción. Extinción, ¿de qué? Del libre comercio. Para volver, ¿a qué? Al proteccionismo.

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“PARA MÉXICO EL RESULTADO DE LA RENEGOCIACIÓN DEBE SER, POR LO MENOS, MANTENER LA APERTURA QUE YA SE TIENE, Y ELLO DEPENDE SOLAMENTE DEL GOBIERNO MEXICANO.”
Cito de un comunicado de Reuters: “Los representantes mexicanos (en la renegociación del TLC), elaboran una lista, en la que incluyen frutas, verduras y las patas de cerdo, para protegerlos en caso de que EU imponga restricciones a sus productos (exportaciones mexicanas de alimentos frescos)”. Según el comunicado “una sugerencia de los negociadores estadounidenses fue facilitar a productores (estadounidenses) de alimentos de temporada la presentación de casos antidumping contra México (en el caso de que los productos mexicanos se ofrezcan a un precio menor que su costo de producción, lo cual es considerado competencia desleal)”, por lo que “México busca crear su propia lista de productos por si Washington propone formalmente dar a los agricultores (estadounidenses) de frutas y hortalizas estacionales una mayor protección (…) Los negociadores mexicanos evalúan incluir las piernas de cerdo en su contrapropuesta, a través de posibles límites al volumen de exportaciones estadounidenses (y por lo tanto importaciones mexicanas). Las piernas representan la mayor parte de las importaciones mexicanas de carne de cerdo estadounidense y se utilizan para elaborar algunos de los platos más populares del país, como tacos al pastor y carnitas (sin olvidar las muy sabrosas tostadas de pata)”.
De ser cierto lo dicho en el comunicado de Reuters el gobierno mexicano estaría actuando según el principio ojo por ojo, diente por diente, que en este caso significaría protección por protección, prohibición por prohibición, arancel por arancel, cuota por cuota, todo lo cual es contrario al libre comercio, que consiste en el arreglo institucional que permite que sean los consumidores, comprando o dejando de comprar, quienes determinen la composición (el qué) y el monto (el cuánto) de las importaciones, sin ninguna intervención de parte del gobierno.
En la renegociación del TLC lo único que el gobierno mexicano no debe hacer, aunque el gobierno estadounidense sí lo haga, es imponer medidas proteccionistas. Para México el resultado de la renegociación debe ser, por lo menos, mantener la apertura que ya se tiene, y ello depende solamente del gobierno mexicano.

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“El Estado debería tratar a sus ciudadanos como una empresa trata a sus clientes.”
Hans - Adam II de Liechtenstein
 
La postura de un cliente/consumidor frente a una empresa es radicalmente distinta a la de un ciudadano/contribuyente frente al gobierno. La diferencia está en la libertad que el primero tiene y de la que carece el segundo. El gobierno no puede tratar, a los ciudadanos en general, y a los contribuyentes en particular, de la misma manera que una empresa trata a sus clientes, es decir, a sus consumidores. Frente a la empresa el cliente/consumidor es libre. Ante el gobierno el ciudadano no lo es, mucho menos en su calidad de contribuyente.
Frente a los bienes y servicios que la empresa le ofrece, el cliente/consumidor es libre de decidir si compra o no, y comparará si la compra, y el consumo de lo comprado, le supone mejorar su estado. Por el contrario, no comprará si la compra, y el consumo de lo comprado, le suponen desmejorar su condición.
La postura del consumidor frente a la empresa, su libertad para decidir si compra o no compra, significa que la misma, para generar ingresos, debe “convencerlo”, y hacerlo por medio de lo producido: algún satisfactor que el consumidor aprecie, y por la manera de ofrecerlo: con la trilogía de la competitividad (menor precio, mayor calidad y mejor servicio).
La postura del gobierno frente al ciudadano, en general, y ante el contribuyente, en particular, y su poder para prohibirle, obligarlo y castigarlo, implica que para generar ingresos le basta “con vencerlo”, obligándolo, con una ley por delante, ¡lo cual lo hace legal pero no necesariamente justo!, a entregarle parte del producto de su trabajo, que en eso consiste cobrar impuestos: en obligar al contribuyente, bajo amenaza de castigo (que puede ir desde un recargo, pasando por el encarcelamiento, hasta llegar a la confiscación de bienes), a entregar parte del producto de su trabajo, lo cual se justifica solo en determinadas condiciones relacionadas con el cómo, e cuánto y el para qué de la recaudación, cómo, cuánto y para qué que, por lo general, son incorrectos, lo cual descalifica el cobro de impuestos (lo hace injusto por más que siga siendo legal).
La postura del cliente/consumidor frente a la empresa es de “fuerza”: es el cliente/consumidor quien tiene la última palabra. La postura del ciudadano/contribuyente frente al gobierno es de “debilidad”: es el gobierno quien tiene la última palabra (por lo menos hasta el momento en el que el ciudadano/contribuyente se harte de los abusos y decida deponer al gobierno abusivo).
Lo dicho por Hans - Adam II de Liechtenstein, por más atractivo que parezca, pasa por alto la naturaleza, de la empresa y la relación natural de los consumidores/clientes con la misma, por un lado, y del gobierno y la relación natural de los ciudadanos/contribuyentes con el mismo, por el otro, relaciones esencialmente distintas. La empresa debe actuar como empresa, y el gobierno (limitado a la realización de sus legítimas tareas, que las tiene, y que son vitales para la convivencia civilizada), debe actuar como gobierno. Así como una empresa no debe actuar como gobierno, obligando a los clientes/consumidores a comprar sus productos, el gobierno no debe actuar como empresa, dejando a los ciudadanos/contribuyentes en libertad para decidir si, para empezar, pagan o no pagan impuestos, y si, para terminar, respetan o no los derechos de los ciudadanos.
Empresa y gobierno son organizaciones esencialmente distintas, al grado de poder considerarlas antitéticas. Pretender que el gobierno trate a los ciudadanos/contribuyentes como si fueran clientes/consumidores es tanto como pretender que la empresa trate a los clientes/consumidores como si fueran ciudadanos/contribuyentes. Esto último daría como resultado un mundo al revés. Igual lo primero.
Por ello, pongamos el punto sobre la i.